martes, agosto 17, 2010
sábado, agosto 07, 2010
In Memoriam Marcela Velásquez Ureta
Debí escribir esta nota hace algunos meses. Pero el peso del trabajo cotidiano -y todas las demás excusas que los lectores de esta bitacóra de sobra conocen- lo impidió. Lo hago ahoraEl 30 de marzo del 2010, Martes Santo, falleció la señora Marcela Velásquez Ureta, católica arequipeña, madre de familia y una de las más destacadas defensoras de la liturgia y doctrina tradicionales de la Iglesia en el Perú.
Aun antes de conocerla personalmente había oído hablar con admiración de su valor en la defensa de esta causa. Tirios y troyanos recordaban a aquella señora que se desvelaba por apoyar en todas las múltiples pequeñas y grandes cosas -complicadas algunas, molestas casi todas- que requiere el mantenimiento de un apostolado, especialmente de uno católico tradicional, en medio de aguas turbulentas en algunas ocasiones, turbias siempre, pues la Pax Peruviana de la Iglesia en aquellos años era similar a un estanque putrefacto. Desde traer a los Padres del aeropuerto y velar por su bienestar durante su estadía, hasta socorrer en Arequipa al modestísimo padre Nicolás Factor Herrera, que con valor de levita antiguo, se erguía defendiendo la doctrina y la liturgia de su ordenación en el desierto de Arequipa, ante la befa de su Ordinario. De él supo conservar doña Marcela una suerte de fioretum, de rapiaria de anécdotas entre tristes y chistosas, acerca de las peripecias de defender una Fe combatida por sus propios fieles. Todo, con un humor castizo y sutil, pero profundo, casi como el del Niño de El Traje Nuevo del Emperador, aunque en este caso la que caminaba desnuda era la mismísima Iglesia.
Monseñor Marcel Lefebvre llegó incluso a ser su huésped, dando una charla en su casa en Lima, allá por los años 80s, en una de sus visitas al Perú. (Dicho sea de paso: ¿dónde andará la grabación de la entrevista que le hiciera a Monseñor Guido Lombardi para Panorama? Aquellos tiempos. El Perú devastado por las izquierdas, y en medio de los grandes pánicos y desastres, parecía levantarse la sombra de una Gran Reacción inminente, muchos eran ya los signos que la anunciaban. Pero los Dueños de la Pelota no lo quisieron así, y la "Paz y la Prosperidad" llegaron años después. Y ahora, nada, porque con tanta "estabilidad" hasta nos han quitado la Esperanza, reemplazándola por el Títere del Progreso Material).
Hará varios años, logramos conocerla. Su conversación era cautivante e intensa. Pero ya la larga enfermedad que padecía empezaba a menguar su vigor, precipitando su regreso a su ciudad natal. En aquella oportunidad, no podíamos dejar de escuchar cada una de sus frases con atención enorme. Le transmití saludos de amigos de Lima y del extranjero, sacerdotes algunos, con los que no se comunicaba en mucho tiempo. Me devolvió los parabienes, emocionada. Y es ahí cuando habló de una nueva devoción que estaba difundiendo, la Devoción a la Santísima Faz de Nuestro Señor, tal como fuera revelada a la hermana Pierina. yo le dije que tenía la Medalla, que me la había regalado un amigo chileno. Y ella me contestó: Hijito, ¡te la limosnearé, pues!
Pero luego los viajes, los trabajos y los días...
Señora Marcela, no será ya en este siglo en el que la visite para entregarle la Medalla. La visitaré mañana y entonces ya no serán necesarias las Medallas, porque conoceremos el Original y seremos por él conocidos. Que así sea, señora Marcela. (P.S.: También le traeré saludos)
Estuve en su casa el Viernes de Pasión. Ya estaba muy enferma. No logré verla. Recibió santamente los Sacramentos y falleció el Martes, precisamente el día consagrado a la Santa Faz.
